Un veterinario y 200 gatos esterilizados: así cambió una colonia
6 min de lecturaEquipo CatColony
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La primera vez que el veterinario Marcos Herrero vio a la gata atropellada en la carretera de salida del pueblo, supo que algo tenía que cambiar. No era la primera. Ese verano, en apenas tres semanas, había atendido cuatro gatas con complicaciones de parto en la calle, dos cachorros desnutridos y un macho con una herida infectada de pelea. Todos gatos sin dueño. Todos de la misma colonia felina que se había expandido junto al polígono industrial.
Marcos llevaba doce años al frente de una clínica veterinaria de barrio en una ciudad del sur de España. Conocía la teoría del CES —Captura, Esterilización y Suelta— y había colaborado puntualmente con alguna protectora. Pero aquella gata muerta en la cuneta le plantó una pregunta que no le dejó dormir: ¿Cuántos gatos podría esterilizar en un año si de verdad me organizara?
La respuesta, un año después, fue doscientos.
El veterinario y su clínica
Marcos no trabaja en una megaclínica con cinco consultas y quirófano de última generación. Su clínica tiene dos personas: él y una auxiliar, Laura. Atiende perros, gatos, algún que otro pájaro y, los martes por la tarde, consulta de fauna silvestre para el ayuntamiento. Es decir, un veterinario de los de toda la vida.
Lo que sí tenía Marcos era una convicción: la esterilización era la única herramienta real para controlar la sobrepoblación felina en su zona. Los gatos callejeros no desaparecen porque se retiren comederos ni porque se apliquen multas. La única intervención que reduce de forma sostenida el número de gatos en una colonia felina es la esterilización sistemática, aplicada al mayor porcentaje posible de individuos fértiles.
No se trata de rescatar gatos uno a uno. Se trata de romper el ciclo reproductivo de toda una colonia.
Con esa idea en la cabeza, Marcos se propuso una meta ambiciosa pero medible: esterilizar doscientos gatos callejeros en doce meses.
Los primeros 50 gatos
Los primeros meses fueron, paradójicamente, los más sencillos. Marcos contactó con la asociación local que gestionaba las colonias felinas del municipio. Había gatas en celo identificadas, colonias con crecimiento descontrolado y voluntarios dispuestos a capturar. La demanda existía; faltaba quien operara.
Empezó dedicando una mañana a la semana a cirugías de CES. La auxiliar Laura preparaba el material, Marcos operaba y los voluntarios traían y recogían a los gatos en transportines. Cincuenta gatos en tres meses. El ritmo parecía sostenible.
Pero pronto se encontró con el primer problema: no sabía qué gatos estaban ya esterilizados y cuáles no. Voluntarios distintos capturaban en zonas solapadas. Una gata orejada —la marca universal de gato esterilizado— se confundía con otra parecida. En una ocasión operaron a una gata que ya había sido esterilizada meses antes por otra veterinaria de un pueblo vecino.
Marcos necesitaba un sistema. Y, sobre todo, necesitaba coordinarse con personas que no eran de su entorno profesional.
El callejón sin salida logístico
El verdadero muro apareció alrededor del gato número setenta. Hasta ahí, el ritmo era bueno. Pero entonces llegaron las trampas rotas, las capturas fallidas, los gatos que habían deambulado toda la noche dentro de una trampa sin que nadie pasara a recogerlos a tiempo. Y, con ellos, la sensación de que el esfuerzo de cada voluntario dependía de mensajes de WhatsApp dispersos, hojas de cálculo que nadie actualizaba y llamadas a última hora de la noche.
El problema no era veterinario. Era logístico.
- ¿Quién captura mañana en el polígono sur?
- ¿Qué gata sigue sin esterilizar en la colonia del parque?
- ¿Hay plaza en la clínica para tres gatos el jueves o solo para uno?
- ¿Alguien puede llevar al gato operado de vuelta a su colonia el viernes por la mañana?
Cada pregunta flotaba en un grupo de mensajería distinto. Cada respuesta dependía de que la persona correcta leyera el mensaje en el momento adecuado. Marcos empezó a preguntarse si doscientos gatos era una cifra realista o un capricho.
Fue entonces cuando Elena, una de las voluntarias más activas, le propuso algo simple: usar una plataforma de gestión de colonias felinas para centralizar toda la información.
La colaboración con voluntarios
Elena llevaba meses registrando cada gato que veía en su zona: color, sexo, ubicación, si tenía marca de esterilización, si estaba sociable, si tenía problemas de salud. Todo en un mismo lugar, compartido con los demás gestores de colonias del municipio.
Para Marcos, aquello lo cambió todo.
De pronto podía ver, antes de la jornada quirúrgica, qué gatos estaban pendientes de esterilizar, en qué colonia se encontraban, quién era la persona de contacto y si alguien los había visto recientemente. No tenía que adivinar ni pedir informes por mensaje. La información estaba ahí.
La dinámica cambió:
- Los voluntarios marcaban las prioridades de captura según el estado reproductivo de cada gato.
- Marcos confirmaba disponibilidad de quirófano para las fechas propuestas.
- Tras la cirugía, el gato volvía a su colonia y el registro se actualizaba.
- Si un gato no se veía en varios días, se activaba una alerta de seguimiento.
La diferencia más notable fue la reducción de capturas innecesarias. Antes, se capturaba cualquier gato que pareciera no esterilizado. Ahora, se capturaba solo a los que el registro marcaba como pendientes. Menos estrés para los gatos, menos desgaste para los voluntarios y menos tiempo de quirófano desperdiciado.
200 gatos después
Marcos cerró el año con exactamente doscientos dos gatos esterilizados. Se pasó de dos por poco, y no le importó.
Lo que sí le importó fue lo que vio al final del recorrido: la colonia del polígono, que en enero tenía cuarenta y siete gatos contabilizados —de los cuales al menos quince eran hembras en edad reproductiva—, en diciembre tenía treinta y nueve. No había habido decomisos ni retiradas. Simplemente, los nacimientos se habían detenido casi por completo y la mortalidad natural de individuos mayores había adelgazado la colonia de forma progresiva y silenciosa.
La colonia no se vacía de golpe. Se estabiliza. Y cuando se estabiliza, deja de ser un problema y pasa a ser simplemente un grupo de gatos que viven donde siempre han vivido, sin reproducirse.
Eso es, en esencia, lo que promete el método CES cuando se aplica de forma sistemática. No es magia ni caridad: es gestión.
Lecciones para otros veterinarios
Marcos no se considera un pionero. Sabe que en muchas ciudades hay veterinarios que esterilizan gatos callejeros de forma desinteresada o a precios solidarios. Lo que aprendió, y lo que comparte con colegas que le preguntan, son tres cosas concretas:
- La esterilización aislada no funciona. Operar a veinte gatos en un mes y luego abandonar el proyecto durante medio año equivale a no haber hecho nada: los nacimientos se reanudan. El CES exige continuidad y volumen sostenido.
- La información es la base de la logística. Sin un registro compartido de qué gatos están esterilizados, dónde están y quién los cuida, el esfuerzo se duplica y se frustra. Un veterinario solo no puede gestionar esa información; necesita que los gestores de colonias la mantengan actualizada.
- La colaboración con voluntarios no es opcional. El veterinario opera, pero no captura, no transporta, no hace seguimiento ni alimenta. Sin una red de personas organizada, el plan no sale del quirófano.
Para Marcos, la conclusión fue clara: el veterinario que quiere marcar la diferencia en el control de colonias felinas no necesita más recursos materiales. Necesita aliados organizados y una herramienta que los mantenga a todos en la misma página.
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